La paradoja de la escasez

Tiempo de lectura: 6 minutos

Seguimos. Analicemos la densidad comercial de Lima.

Si llegaste desde la entrada anterior, ya sabes que el modelo está roto. Ya viste los espejos, el tráfico como infarto, el búnker privado sustituyendo lo que la ciudad dejó de ofrecer.

Pero hay un dato que no te conté. Uno que cambia el marco completo.

Y es el que más duele.

Este artículo forma parte de la serie Trilogía del Refugio, un análisis de por qué Lima ha bunkerizado su vida comercial, qué dice la densidad comercial de Lima sobre nuestras decisiones urbanísticas, y por qué el modelo que copiamos ya está siendo desmantelado donde nació. 

Si me lees por primera vez, los tres episodios anteriores están [aquí]. Lo que sigue funciona solo, pero recomiendo leer desde el principio para comprender mejor el contexto.

La Verdad Incómoda: Lima no tiene demasiados malls.

Llegados a este punto, después de diseccionar las fracturas del modelo, la conclusión parece inevitable: Lima está saturada de malls en un urbanismo que ya ha demostrado que no funciona. Por eso colapsa.

¿Verdad?

Aquí viene el dato que rompe la narrativa.

Según el último informe de JLL sobre el mercado retail limeño (2024), Lima cuenta con 37 centros comerciales formales y un área arrendable total de aproximadamente 1,87 millones de metros cuadrados. Con una población metropolitana de unos 11 millones de habitantes, eso equivale a unos 170 m² de mall por cada 1.000 habitantes. Si sumamos el comercio informal —bodegas, galerías, mercados de barrio—, la cifra total se sitúa en el entorno de los 200-250 m²/1.000 hab.

Para contexto, esto es lo que tienen otras ciudades y mercados de referencia:

Ciudad / Mercadom² comerciales / 1.000 hab
París~400 m²
Madrid~350 m²
Santiago de Chile~280 m²
Buenos Aires~320 m²
Ciudad de México~290 m²
Lima~170-250 m²

Nota metodológica: las cifras de distribución por ciudades son estimaciones de mercado elaboradas a partir de informes de CBRE, JLL y fuentes sectoriales locales. Los datos nacionales comparables con fuente verificada son: Reino Unido ~410 m²/1.000 hab, media UE ~224 m²/1.000 hab (ICSC, 2013), Chile ~195 m²/1.000 hab, México ~167 m²/1.000 hab (Cámara Chilena de Centros Comerciales / Statista, 2018-2023).

Lima no está saturada de comercio. Lima tiene menos espacio comercial per cápita que las ciudades con las que quiere competir.

Y les adelanto ya que los modelos de referencia no están en Estados Unidos: ese mercado acumula el mayor volumen de retail per cápita del mundo (entre 2500 – 5000 m2/1000hab. según fuentes), pero su infraestructura envejecida está colapsando bajo el peso del e-commerce, con malls abandonados y real estate comercial en contracción.

La paradoja: menos comercio, más caos.

Si Lima tiene menos espacio comercial per cápita que las economías europeas maduras, ¿por qué se siente como el caos absoluto?

Porque el problema no es cuánto comercio tenemos. Es cómo lo concentramos.

En las ciudades europeas más eficientes, ese espacio está distribuido en comercio de barrio cada pocos cientos de metros —panaderías, farmacias, librerías—, galerías conectadas al transporte público, mercados locales integrados en cada distrito y grandes superficies ubicadas con acceso directo a la red de metro.

En Lima, esos metros cuadrados están concentrados en 6-8 mega-malls ubicados exactamente en los nudos viales más colapsados de la ciudad. La conexión con el transporte público es ineficiente. El comercio de barrio informal sobrevive sin protección ni integración urbanística, lo que favorece la informalidad y repercute en la recaudación del Estado. Todo el flujo comercial acaba pasando por las mismas arterias saturadas.

El resultado es un absurdo económico: Lima gasta más por metro cuadrado comercial en costes logísticos que ciudades con el doble de oferta retail per cápita.

El coste absurdo de la última milla limeña.

Aquí está la prueba más devastadora de la paradoja.

En ciudades europeas con renta media tres veces superior a la limeña, un delivery doméstico puede costar entre uno y tres euros y llegar en menos de 30 minutos, gracias a una red de almacenes descentralizados y transporte público que hace viable la proximidad. En Lima, los operadores logísticos como Rappi o PedidosYa reportan tiempos medios de entrega de entre 45 y 90 minutos en horas punta, con costes de envío que con frecuencia superan los S/15, según datos públicos de las propias plataformas.

¿Cómo es posible que pedir un delivery en Lima cueste proporcionalmente más que en una ciudad donde el salario promedio es tres veces mayor?

La respuesta incómoda: no es porque tengamos demasiado comercio. Es porque el comercio que tenemos está mal ubicado, y la última milla paga el precio de esa concentración.

Pagamos más por tener menos.

La paradoja es completa: Lima tiene menos espacio comercial per cápita que muchas de las capitales con las que aspira a compararse. Paga más en tiempo, dinero y congestión para acceder a él. Y llamamos a eso «desarrollo comercial».

El mall no es el villano de esta historia, por más que lo pueda parecer. Es el síntoma de un colapso mayor. Hemos concentrado todo el comercio en búnkeres privados porque no construimos alternativas público-privadas con visión de ciudad. Apenas existe metro que conecte la metrópoli. No hay comercio de barrio protegido y formalizado. Los mercados locales son la excepción improvisada, no la regla planificada.

Resultado: el único lugar donde resulta «seguro» y «eficiente» comprar está a dos horas en coche, ubicado exactamente donde la ciudad ya no puede respirar.

La pregunta que nadie hace.

A estas alturas, la pregunta no es «¿cómo reducimos los malls?»

La pregunta es: ¿cómo construimos Lima como ciudad comercial de referencia regional, capaz de aprovechar la estabilidad y el crecimiento que el resto de América Latina todavía no ha conseguido sostener?

Lima tiene un potencial enorme: más de 10 millones de habitantes, posición geográfica estratégica, tradición comercial centenaria y una gastronomía que ya es marca global. Pero lo ejecutamos con el modelo del siglo XX: concentramos el comercio en búnkeres, destruimos la movilidad, encarecemos la última milla y después nos preguntamos por qué pagamos deliverys más caros que ciudades con salarios tres veces mayores.

Eso no es vender Lima como ciudad comercial. Es vender Lima como ciudad-estacionamiento.

La salida nunca estuvo en eliminar malls. Estuvo siempre en pensar mejor la ciudad, con actores públicos y privados dispuestos a asumir la responsabilidad de construir algo que dure. Última milla eficiente. Transporte público integrado con el retail. Incentivos reales para las iniciativas que generen beneficios concretos para la ciudad y el país.

Ese es el Lima que podemos ser.

La pregunta es si tenemos la voluntad de construirla.

David Ruiz

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